UNA MUJER de negocios subió a un taxi en el centro de una gran urbe. Como era
la hora de mayor afluencia de tráfico y le urgía tomar un tren, sugirió al chofer una ruta corta.
—¡He sido taxista durante 15 años! —gritó el taxista—. ¿Cree usted que no
conozco el mejor camino para ir a la estación? La mujer intentó explicar que no
había tenido la intención de ofenderlo, pero el chofer siguió gritando. Al
cabo, ella se dio cuenta de que estaba demasiado alterado para entrar en
razón. Así pues, la mujer tomó una actitud inesperada. Le dijo:
—¿Sabe una cosa?
¡Tiene usted razón! Debo de haberle parecido tonta al suponer que usted no
conocía la mejor ruta para atravesar la ciudad. Sorprendido y desconcertado, el
chofer dirigió a la pasajera una mirada contrita por el espejo retrovisor,
enfiló por la calle que ella había indicado y la dejó en la estación a tiempo
de tomar el tren. "En todo el trayecto, no pronunció ni una palabra", relató
la mujer, "hasta que me apeé y le pagué. Entonces, me dio las gracias". Cuando
nos topamos con gente como ese taxista, gritona y malencarada, sentimos el
irresistible impulso de aferramos a nuestro criterio. Esto puede suscitar
prolongadas discusiones, enfriamiento de amistades, oportunidades perdidas en
nuestra carrera profesional y fracasos matrimoniales. Como psiquiatra clínico,
he descubierto un principio muy sencillo, pero insólito, que puede evitar que
casi cualquier conflicto o situación difícil se convierta en un desastre.
La
clave es ponerse en el lugar de la otra persona y buscar la verdad en lo que nos
dice. Hay que buscar la conciliación de opiniones. El resultado puede ser
sorprendente.
Los enfurruñados.
Adán, el hijo de 14 años de Esteban, se había
mostrado irritable hacía varios días. Cuando Esteban le preguntó el motivo, Adán tronó:
"¡No me pasa nada! ¡Déjame en paz!";
y se retiró, airado, a su cuarto. Todos conocemos a gente que actúa así.
Cuando surge un problema, se enfurruña o se comporta con desplantes de enojo y
se niega a hablar de lo que le molesta.
¿Y cuál es la solución ? Primero, Es
teban debe preguntarse por qué Adán se encierra en sí mismo. Tal vez el muchacho
esté preocupado por algún contratiempo que tuvo en la escuela. O quizá esté
enojado con su padre, pero teme exteriorizar el agravio porque Esteban siempre
se pone a la defensiva cuando lo critican. Esteban puede explorar estas
posibilidades la siguiente vez que hablen, diciendo: "He notado que estás
molesto, y creo que sería conveniente ventilar el problema. Tal vez sea
difícil, porque no siempre te he escuchado. Si es así, me sentiría mal, porque
te quiero mucho y me dolería fallarte".
Si Adán se empecina en su enconchamiento, Esteban puede recurrir a otra táctica: "Me preocupa lo que te ocurre,
pero podemos discutirlo cuando te sientas más tranquilo". Esta estrategia hará
que ambos ganen: Esteban no tiene que transigir por el principio de que es
necesario ventilar y resolver definitivamente el problema, y Adán no se sentirá
humillado, al permitírsele que se retire por un tiempo.
Críticos dominantes.
Hace poco, asesoraba yo a un hombre de negocios, llamado Frank, que tendía a
mostrarse prepotente cuando se enojaba. Frank me dijo que estaba yo demasiado preocupado por el dinero, y que no
aceptaría pagarme en cada una de las sesiones. Quería que le enviara la cuenta
cada mes.
Me sentí molesto, porque me pareció que Frank siempre quería salirse
con la suya. Le expliqué que ya había intentado enviar cuentas mensuales y que
no había funcionado, porque algunos pacientes no me pagaban. Frank replicó que
su crédito era impecable, y que él sabía mucho más que yo acerca del crédito y
de manejar cuentas.
De pronto, comprendí que estaba pasando por alto el punto de
vista de mi paciente.
"Tiene usted razón", concedí. "Estoy actuando a la
defensiva; debemos concentrarnos en los problemas de su vida, y no
preocuparnos tanto por el dinero". Al momento, Frank se ablandó y empezó a
hablar de lo que realmente le preocupaba: de sus problemas personales. La
siguiente vez que acudió a la consulta, me entregó un cheque con el cual me
pagaba 20 sesiones por anticipado!
Desde luego, hay ocasiones en que la gente es
abusiva fuera de toda razón y quizá convenga rehuir un enojoso
enfremamiento; pero, si se desea resolver un problema, es importante permitir
que los demás dejen a salvo su autoestima. Casi siempre existe una pizca de
verdad en el punco de vista de la otra persona. Si usted lo reconoce así, es
probable que esa gente se defienda menos y esté dispuesta a escuchar.
Los quejumbrosos.
Bruno es quiropráctico de 32 años, que recientemente me
describió su frustración al tratar a un paciente: "Le pregunto al señor
Barragán: ¿Cómo le va?..., y me despepita toda la tragedia de su vida: sus
problemas familiares y financieros. Le doy consejos, pero él pasa por alto
cuanto le digo". Bruno necesita reconocer que los quejumbrosos habituales no
quieren consejos; sólo desean que alguien los escuche y los comprenda. En este
caso, Bruno puede comentar: "Parece que ha tenido usted una semana difícil.
No es agradable tener cuentas pendientes, enfrentarse a gente fastidiosa y,
para colmo, a este dolor". Las más de las veces, al quejumbroso se le agota la
energía y deja de quejarse. El secreto consiste en no aconsejarlo. Con sólo
asentir y validar el punto de vista de una persona, lograremos que se sienta
mejor.
Amigos muy exigentes.
La gente difícil no es siempre aquella que está
enojada, o quejándose. A veces, la calificamos de difícil por las exigencias
que nos impone. Supongamos que un amigo lo mete en aprietos al pedirle a usted
que le haga un servicio mientras él se ausenta de la ciudad. Si la agenda de
usted ya está sobrecargada, quizá acepte, pero terminará disgustado y
resentido. Por otra parte, si se niega usted a complacerlo en forma tajante, su
amigo se sentirá agraviado. El problema radica en que, al abordarlo
desprevenido, no sabe usted manejar la situación de modo que no surjan
resentimientos.
Un método que me ha resultado útil consiste en decirle a la
persona exigente que necesito reflexionar en lo que ella me pide, y que después
le comunicaré si puedo o no complacerla. Supongamos que un colega me te
lefonea y me presiona para que dicte una conferencia en su universidad. He
aprendido a contestar: "Me siento halagado de que hayas pensado en mí.
Permíteme revisar mi agenda, y te llamaré después".
Esto me da tiempo para
aminorar mis sentimientos de culpa, si es preciso rechazar la invitación. Y
supongamos que conviene declinar ese honor: dar largas al asumo me permitirá
planear lo que diré al telefonear a mi colega. Le diré, por ejemplo: "Te
agradezco que me invitaras, pero en estos momentos tengo demasiados compro
misos. No obstante, espero que, para otra ocasión, pienses en mí".
Responder con
paciencia y empatia a la gente difícil puede ser arduo, sobre todo cuando se
está alterado; pero, en cuanto se renuncia a la necesidad de llevar la voz
cantante o de imponer el propio criterio, la otra persona empezará a calmarse
y a escuchar. El filósofo griego Epicteto lo entendió perfectametc, al
recomendar, hace ya cerca de 2000 años: "Si alguien te censura, asiente en
seguida. Agrega que, si te conociera mejor, ¡tendría más motivos para
censurarte!" La verdadera comunicación deriva del respeto a sí mismo y a los
demás. Los beneficios de esta actitud pueden ser asombrosos.
por: David Burns