Se dice que el matrimonio no es empresa fácil; que hay que
alimentarlo, regarlo, podarlo y demás actividades herbáceas. ¡Pamplinas!
Llevo más de diez años casado y puedo asegurar que un buen matrimonio no tiene
nada que ver con la dedicación, y mucho menos con la paciencia. Todo se reduce
a si se puede, o no, manejar a la esposa.
El hombre que es capaz de manejar a su
esposa, al mismo tiempo que ella lo maneja a él, puede lograr simultáneamente
la felicidad y un buen matrimonio. Para ello, siga estos preceptos:
Sólo diga que sí.
La esposa normal formula 6.8 solicitudes por cada ocho horas de su vida
activa tan sólo porque usted, como el monte Everest, esta allí. El marido que
responde a cada una de ellas está condenado a llevar una existencia de
infructuosa actividad, por una partee, y de discordia, por la otra. Esta
situación no le deja espacio para hacer lo que le venga en gana.
Una política
general de consenso afable coloca a la esposa en la difícil y extenuante
situación de tener que fastidiar a un hombre que, al parecer, accede a todo.
Sea razonable.
Jamás se sienten más virtuosas nuestras mujeres que cuando son
irrazonables. Cuando nos conocimos, a mi futura señora le encantaba cierto
restaurante donde se servían repugnantes trozos de esponjoso queso de soya en
toda una variedad de formas. Después de cierto tiempo, el solo hecho de pasar
por ahí en un taxi me daba náusea.
¿Insistí en cambiar de jurisdicción? ¡En absoluto! Cuando hacíamos planes para
salir a cenar, la conducía por una interminable revista de todos los demás
restaurantes. Inexorablemente, el peso colectivo de mi sensatez común y
corriente la agotaba. A esas alturas, era demasiado tarde para salir a cenar, y
acabábamos comiendo un montón de alimentos extraños y poco apetecibles, en su
casa. Al poco tiempo, nos casamos.
Cumpla con sus tareas domésticas.
La clave está en confiar la limpieza al vasto abismo de mas tarde, y después, cuando
llegue el momento inevitable, cumplir con la propia parte en una aparatosa
erupción de actividad. Mi señora soporta perfectamente que nuestra casa
vaya adquiriendo un aspecto cada vez más caótico en el trascurso de la semana, a
medida que los camioncitos de juguete, las muñecas, las chaquetas, los
tirantes retorcidos, los biberones viejos, los discos de computadora y el
cereal del desayuno invaden todos los espacios habitables. Entonces, de
repente, su tolerancia llega al punto crítico: yo.
Durante muchos años me resistí, recurrí a la adulación y traté de zafarme. Ahora, me remango la
camisa y me desplazo por la casa como si fuera la peste bubónica. Algunos
consejos:
Cuando recoja la ropa, embuta todo en el cesto de la ropa sucia, en
vez de colgar las prendas que puedan usarse otra vez.
Cuando le pidan que lave
los platos sacados del horno de microondas, con restos de comida adheridos a
su estructura molecular, realice la tarea diligentemente; pero hágalo tan mal, que su esposa piense que sería más prudente que ella se encargara de hacerlo la próxima vez.
Existen infinidad de
espacios inexplorados bajo las camas y los sillones, sobre los estantes de
libros y detrás de ellos. Úselos.
El marido que trabaja con velocidad e
imaginación puede limitar el tiempo que dedica a las labores domésticas a
menos de 20 minutos por semana, sin intercambiar ni una palabra de enojo.
¡Buena suerte!
Esfuércese y... fracase.
De un plumazo, mi amigo Pedro demostró
sin lugar a dudas su ineptitud, el verano pasado. Cuando su esposa y él
instalaron una pequeña piscina en el jardín trasero de su casa, se necesitó un
cercado para proteger a sus dos hijitos. Pedro me invitó a su casa para
ayudarle a hacerlo el mismo, con lo que multiplicó su torpeza por dos. Doce
cervezas después, el cercado, cual serpiente ebria, describía un perímetro
incierto en medio de su jardín. A finales del año pasado, cuando la pareja quiso
vender la propiedad, descubrió que su valor había disminuido en 30,000
dólares, gracias a esa monstruosa barricada. Ahora, cuando hay que realizar
algún trabajo, por pequeño que sea, contratan a alguien. ¡Bravo, Pedro!
Gasten al parejo.
No adopte el papel de frugal administrador del dinero.
Aliente la adicción de su esposa a las compras. Ella no tendrá armas para
criticarlo a usted si llega a comprar un dispositivo de última tecnología para su
computadora, si antes ha adquirido seis licras para hacer ejercicio, todos
ellos en extravagantes colores.
Es aún más importante que lleve suficiente
dinero en la billetera. Con una esposa tacaña —especialmente si ella trabaja y
aporta la mitad del gasto familiar— esto puede conducir a una extorsión
disfrazada, a birlar billetes de la ropa del cónyuge, a escamotear y ocultar
dinero y, en caso extremo, a abrir una cuenta bancaria secreta. Y no me hagan
hablar más.
Bajo ninguna circunstancia debe usted retirar una cantidad
importante de su cuenta mancomunada y gastársela. Resulta tentador,
especialmente con la abundancia de cajeros automáticos que hay. Hace algunos
años, me embarqué en un programa de visitas rigurosamente quincenales a estos
establecimientos. Pero un día, cuando revisábamos nuestro estado de cuenta,
la mi señora hizo un ruido gutural y preguntó: "¿Por qué hay una diferencia de
$500.000= pesos entre lo que creo que tenemos y lo que el banco dice
que tenemos?" Desde entonces, ha insistido en encargarse de conciliar los
saldos, política que complica mucho la situación.
Déjela comer lo que quiera.
Las mujeres comen muy poco de algunas cosas (carne) y demasiado de otras
(verdura cruda y chocolates). Por otra pane, usted debe defender su derecho a
ingerir carnes y embutidos, grasas que le obstruyan las arterias, almidones y
nitritos. No se deje enredar, por nada del mundo, en los planes de dieta de su
esposa. Si ella es como la mía, lo mandará a comprar galletas, y después lo
acusará de "hacerla caer en tentación". Es imposible que gane, así que no
participe en ese jueguito.
No se desquite: ¡Enójese!
Si todo falla, manténgase
firme. Mi amigo Julián permitió que su mujer comprara una casa, sin su
consentimiento expreso. Cuando le pregunté que por qué, Julián respondió: "Mi
esposa quiso saber si estaba yo de acuerdo. Le repuse que tendría que pensarlo,
pero antes de que terminara de hacerlo, ella tomó la decisión". Unos dos
meses antes de la fecha en que pensaban mudarse, pero después de haber cerrado
el trato, él hizo toda una rabieta en el auto, dando puñetazos al volante y
gritando. Esto asustó a su esposa, la cual dobló las manos y vendió la casa a la
velocidad del rayo. ¡Julián había ganado! Ahora planean mudarse a otra casa, en la
misma calle, donde él no quiere vivir. recuerde que, a final de cuentas, usted
se casó con esa mujer en razón de todas aquellas cosas que le resultan
molestas en su cara mitad, y no a pesar de ellas. Si usted hubiera querido a
alguien más comprensivo, se habría casado consigo mismo. Mi esposa es casi
todo lo que yo no soy, y eso me gusta de ella. Al final del día, cuando sus ojos
adquieren esa mirada nebulosa de adolescente boba, cuando me abraza y me susurra
al oído: "¡Eres un buen hombre, Juancho!", sé que mi mujer se encuentra en el
punto exacto donde ella quiere que esté yo.